

Se dice que San Pedro murió mártir en este lugar, donde fue crucificado cabeza abajo ante numerosos católicos. Para recordarlo, los primeros cristianos construyeron una pequeña capilla en el lugar y, años más tarde, en un alarde de poder y superioridad, el emperador Constantino mandó levantar la impresionante basílica de hoy en día, la mayor del mundo aún hoy, con capacidad para 60.000 personas. Es la sede de la iglesia católica y el símbolo de su poder y en su interior alberga numerosas esculturas y monumentos funerarios, además de unos 50 altares y 500 columnas. Frente a la puerta de la basílica, una estatua de San Pedro con la llave de la ciudad en la mano recuerda este episodio de la historia.
Desde la plaza es casi imposible abarcar con la vista la totalidad de la basílica dada su monumentalidad. En su construcción participaron numerosos artistas y su evolución tuvo lugar bajo el mandato de diferentes emperadores, por lo que también hubo muchas opiniones a tener en cuenta a la hora de la construcción. Cuando Constantino inició la edificación se pensó que fuera una iglesia con planta de cruz latina, una nave central, varias naves laterales y un crucero. Tiempo después, Nicolás V decidió que la iglesia necesitaba una ampliación y, más tarde, cuando reinaba Julio II, Bramante trabajaba en una iglesia nueva que tendría forma de cruz griega. Bramante murió y fueron Rafael, Da Sangallo y Fra Giacondo los que se encargaron del proyecto volviendo a retomar la idea original. Aún habría más cambios, ya que en 1546 se encargó la construcción de la cúpula a Miguel Ángel y éste volvió a optar por la cruz griega en el diseño. Y por fin, tras morir Miguel Ángel, el Papa Pablo V volvió a cambiar el proyecto decidiendo que la cruz latina era lo más adecuado.
Esta mezcla de conceptos y cambio de decisiones en la construcción de la basílica hace que, desde el punto de vista arquitectónico, para muchos no se trate de una obra maestra, sino todo lo contrario. Sin embargo, el que se acerque a descubrir un templo monumental y el principal símbolo de la Iglesia católica en nuestros días está en el lugar adecuado.
Antes de entrar, aparte de sufrir las inevitables colas que se forman en la puerta en cualquier época del año, habrá que pasar un completo control de seguridad. Está permitida la entrada de cámaras fotográficas y de vídeo, pero no de objetos que pueden resultar lógicos en el bolso de un turista, pero peligrosos en ocasiones (navajas, cortauñas u objetos punzantes). También hay que recordar que está prohibida la entrada con los hombros descubiertos o con faldas o pantalones cortos, por lo que se recomienda llevar algún pañuelo o chaqueta con los que cubrirse y superar el primer filtro de seguridad.
Para acceder al templo hay cinco puertas. La más importante de ellas, la Porta Santa, únicamente puede ser abierta y cerrada por el Papa, algo que sucede cuando se celebra el año jubilar. Una vez dentro empieza la sucesión de obras de arte. La primera parada hay que hacerla entrando a la derecha donde se encuentra la escultura original de la Pietà, la extraordinaria y conmovedora figura de la Virgen con el Cristo muerto que Miguel Ángel esculpió en mármol cuando tan sólo contaba con 25 años de edad. La figura se encuentra protegida por una vitrina de vidrio desde que un desalmado la atacara con un martillo hace unos años. No obstante, la visibilidad es perfecta y está permitido hacer fotografías sin ningún problema.
Justo en el centro de la basílica, bajo la monumental cúpula, vemos el baldaquino de Bernini. Es un enorme dosel de bronce (en parte arrancado del Panteón) que tiene 29 metros de altura y se levanta sobre la parte más sagrada de la iglesia, el lugar en el que se encuentra la legendaria tumba de San Pedro (también podrá verse después, bajando unas escaleras hasta el subterráneo de la basílica).
El baldaquino da cobijo al altar mayor y llaman la atención, sobre todo, las dos columnas en espiral que sostienen el baldaquino y sobre las que hay diferentes interpretaciones. La mayoría coincide en que Bernini simbolizaba con ellas las columnas del templo de Salomón en las que se apoyó Cristo. Junto al baldaquino hay una pequeña figura de San Pedro ante la que se forman largas colas de creyentes para besar el pie de la estatua (fijarse en el desgaste que ha sufrido a causa del roce de millones de manos a lo largo de los años).
En la pared del ábside, muy cerca del baldaquino, se puede ver la Cattedra Petra. Se trata de una silla de madera, bañada en oro, desde donde la historia cuenta que Pedro hizo su primer sermón ante los fieles. En las diferentes naves de la basílica se pueden ver también estatuas de diferentes santos, enormes y monumentales, como todo lo que hay en el templo, y sagradas reliquias. Una de las más famosas es la célebre lanza de Longinos, la que se dice que el soldado de este nombre le clavó a Cristo en la cruz para asegurarse de que había muerto.
Desde la basílica se puede acceder a la cúpula (se paga entrada aparte). Aunque la subida es costosa (la altura es considerable y no hay ascensor) la vista que se obtiene desde su parte más alta vale la pena. Mejor asegurarse primero de que el día es claro y si se está en el Vaticano en invierno, cuando anochece sobre las 18:00h, esperar hasta última hora para la subida, ya que el atardecer, visto desde aquí, es muy, pero que muy distinto. Los estupendos jardines del Vaticano también se ven desde aquí mejor que desde ningún otro lugar.
El interior de la basílica comunica también con el subterráneo del templo, donde se encuentran enterrados la mayoría de los Papas de la iglesia católica. Aquí puede verse la tumba de San Pedro, en el punto exacto donde se cree que fue enterrado, y realizar un recorrido por el resto de la necrópolis. Uno de los féretros más visitados actualmente es el de Juan Pablo II, iluminado y bien diferenciado del resto, al menos, en el momento de escribir estas líneas. Los donativos siempre son bienvenidos, como lo demuestra el cestillo que hay ante la tumba.
Todo el que lo desee puede, además de visitar la basílica, conocer en persona al Papa. Eso sí, se ha de tener prevista la visita, ya que la audiencia papal tiene que solicitarse, al menos, con una semana de antelación. Se ha de pedir en la Preffettura della Casa Pontificia, justo a la derecha de las puertas de bronce de la basílica, por teléfono en el 06 69 88 46 31, por fax en el 06 69 88 58 63, o por correo enviando una carta a la dirección de la Preffeturra, en el 00120 de Città del Vaticano. Las audiencias tienen lugar todos los miércoles a las once de la mañana en la basílica, excepto cuando el Papa está de viaje o durante los meses de julio y agosto, cuando el Pontífice pasa sus vacaciones en Castel Gandolfo y las recepciones cambian de lugar.